10 de diciembre de 2002

Comprimidos disuasorios


Que sería de nosotros sin
los signos de admiración

A ese precio, uno se contiene. Y eso que este CinExín no tiene prole que pasear, así que a lo sumo la cosa se va a los doce euros. Doce euros por un par de horas de cine, a las que se suman unos cuantos anuncios previos. A la postre, al salir de la sala uno ha visto la película que había elegido (a menudo, equivocadamente) y otras tres de próximo estreno. Y de eso hablaremos en esta ocasión: de los trailers, que, además de camiones de seis ejes, son avances de lo que próximamente veremos en esa misma sala o ya mismo en la de al lado. Por si no lo adivinan, se trata de expresar el desconcierto y la congoja que a éste su seguro servidor provocan estos videoclips, que se expresaría poco más o menos así: pero ¿qué les pasa a estos anunciantes?

Será por la oscuridad de la sala, pero al ir al cine uno paga a ciegas; suelta los seis euros (cinco, en el mejor caso) antes de echarle un ojo a lo que compra. Si hubiera derecho de retracto, el cine sería muy otro. Porque la mayor parte de él no lo vale, y el que lo vale casi siempre ocurre que no lo cuesta. Quiere decirse que mucho del cine que merece pagarse a ese precio ha costado a sus creadores poco más que la taquilla de una sola sesión, así que uno tiene la sensación de estar financiando la parte alícuota de la película, como un productor colectivista.


El mariachi solo
costó 3.000 euros

Es el caso de El Mariachi (1992), de Robert Rodríguez, obra precoz y precursora de nada bueno, cuya recaudación en un cine de Benavente un martes a las cuatro fácilmente triplica el coste de la producción. Este hecho, que para muchos es motivo de satisfacción solidaria, al que suscribe le causa cierta angustia y un mal disimulado complejo de culpa, pues se siente cómplice financiero de lo que ocurre en pantalla, una sensación, les juro, nada confortante. Sí, ya sé que todo autor contemporáneo que se precie no busca lectores o espectadores, sino cómplices, pero tal ejercicio de dilución de la propia responsabilidad es completamente ajeno a la voluntad del CinExín, que asume la carga de sus propios desvaríos y, en justa reciprocidad, se niega a ser compinche partícipe de los dislates ajenos.


Pasen y vean

Y puestos a pagar sin tino, uno prefiere amasarse (fundirse con la masa) y dejar sus cuartos en un producto más caro, de forma que el sentimiento de culpa por lo que venga se diluya. En resumen, que la decisión de cómo, cuándo y con qué se gasta uno sus caudales es difícil de tomar, máxime con una cartelera navideña. Con la supuesta ilusión de facilitarnos la labor, existen esos llamados trailers, que apelan a nuestra emotividad cinematográfica, frase que resume en sí misma su ominosa intención. Antaño, los llamados "avances" proponían un breve anticipo de la temática de la película (básicamente, el género y su propuesta argumental), acompañado de un sinfín de adjetivos que eran impresionados sobre la pantalla, a cual más abracadabrante. Es decir, que aquellos anuncios nos vendían la substancia ("increíble", "fascinante", "aterradora", "romántica"), la enjundia última de la película; apelaban al ansia de un espectador pubescente, necesitado de títulos que sobrecogieran a la doncella de rigor. La generosa caligrafía, aderezada con sucesivos signos de admiración, cubría por entero la pantalla, impidiendo ver los terribles acontecimientos que vivían tras ella. Excuso decir que este dato es recogido de oídas, claro, porque este CinExín no era adolescente entonces. De hecho, ni siquiera era.


Decirlo todo, sin
decir apenas nada

Cuando ya todas las películas eran más bizarras, más sobrecogedoras y más caras que las anteriores, hubo que cambiar el discurso porque ni siquiera el Cinemascope permitía meter en la pantalla tantos calificativos como se nos ocurrían para describir lo muy lejos que el olimpismo cinematográfico (citius, altius, fortius) había llevado sus productos. Y en esas andamos. En estos tiempos que corren los trailers ya sólo se dividen en dos tipos. Los que no cuentan nada y los que cuentan la película. Fascinantes los primeros, ruinosos los segundos.

Grandiosas e inconcretas

A los que concede el CinExín su fascinación consisten en montajes de música e imágenes cuya emotividad estética sustituye a los calificativos grandilocuentes de antaño. Estas semanas estamos asistiendo al lanzamiento de El Señor de Los Anillos Las Dos Torres (2002), de Peter Jackson, que vino precedido de un ejemplo perfecto de este tipo de realizaciones, de minuto y medio, en el que sólo se enfatizaba la conflagración bélica de la Tierra Media, sin mayores elucidaciones sobre el argumento de la película. Como ahora las campañas son mucho más largas y empiezan aún antes de que se complete la producción de los grandes lanzamientos, acostumbran a llegar los llamados teasers con incluso un año de antelación respecto al estreno. Toda vez que el film está en proceso, no pueden ofrecerse anticipos muy explícitos, así que el género de los teasers consiste, bien en enseñar la patita, o bien en construir pequeñas piezas narrativas ajenas a la propia película y que desarrollan una historia en sí mismas.


Las Torres Gemelas,
según Sam Raimi (I)...

Este tipo de previas, exclusivas de las grandes superproducciones, tiene su paradigma fundacional en la que anticipaba la llegada de Parque Jurásico (1993), de Steven Spielberg. El corto relataba en un minuto cómo unos mineros encontraban en una explotación de ámbar un mosquito prehistórico, atrapado en el meloso elemento. Del interior del insecto habría de salir la sangre de un saurio y de ella el ADN para la resurrección de la carne extinta. Esta escena no formaba parte de la película, fue filmada para promocionarla.

...(y II)

De idéntica naturaleza es el teaser de Spider-man (2002), de Sam Raimi, un incunable en el que unos cacos con helicóptero quedaban atrapados en una telaraña gigantesca que unía las Torres Gemelas de Nueva York. Ni qué decir tiene que la ética de la negación de la realidad tan en boga en aquellos lares se encargó de retirar de la circulación el anuncio en cuestión poco después de que los citados rascacielos fueran reducidos a escombros por la perfidia intercontinental. Estos promocionales se usan mucho antes de la fecha del estreno y, conforme se aproxima el lanzamiento, son sustituidos por trailers mucho más explícitos pero igualmente inconcretos respecto al contenido del argumento. Su construcción no es lineal sino musical, con estribillos de acción y estrofas de sosiego. Episodio I (1999) y Episodio II (2002), de George Lucas, son un buen referente ya que en ellos la explicitud de las imágenes no llegaba a desvirgar a quienes preferían ver la película sin que la habitual previsibilidad made in usa, diera paso a una simple rememoración. Como en el caso de los adjetivos sobreimpresos, apelan a la substancia, no a la materia.

Cuéntame el chiste


¿Habría merecido
la pena verla?

La segunda categoría de trailer es la más habitual y uno no alcanza a averiguar a qué teoría de mercadotecnia responde, ni de qué Bussines School salieron los geniecillos que decidieron que contarnos en minuto y medio una película, de principio a fin, es la mejor forma de convencernos de que paguemos la entrada para ver eso mismo, pero más largo. Faemino y Cansado, transmutados en sus tíos abuelos Arroyito y Pozolón, a menudo comenzaban con fórmulas del tipo: "¿Sabéis el chiste del tío que va y le preguntan de dónde eres y dice de Río, y el otro dice coño, como los cangrejos? ¿No? Pues lo vamos a contar". Y entonces lo contaban, tarea a la que consagraban al menos un cuarto de hora. Pues lo de los trailers es eso mismo, pero sin gracia. Esta semana se estrenó Al límite de la verdad (2002), de Roger Mitchell. Vistos veinte segundos del trailer apetecía darle una oportunidad. Visto un minuto y medio, el apetito había sido saciado porque en noventa segundos la habían metido enterita. Su trailer es materia pura, íntegra. La evocación ha dado paso a la recensión argumental. Otro estreno reciente, una cosa de acción llamada XXX (2002) dirigida por Rob Cohen, (léase "triple equis", no "trigésimo") y que supone un cruce entre una película de acción y un programa de deportes extremos, no sólo incluía en su trailer el argumento completo (un tipo al que las fuerzas de seguridad le obligan a colaborar y adoptar nueva personalidad para redimirse de un pasado que tal y tal...), sino también las mejores escenas de acción de la película.


¿Se casarán estos dos?
(¡qué intriga más grande!)

Por algún ignoto motivo, esta conducta es especialmente practicada cuando se trata de comedias, y no digamos si hablamos de comedias románticas: Novia a la fuga (1999), de Garry Marshall, Notting Hill (1999), del antedicho Roger Mitchell, o Los padres de ella (2000), de Jay Roach, son ejemplos recientes de cómo el trailer destripa la película de cabo a rabo. Esta costumbre ha llegado a tal extremo que, en títulos de lo que antaño se llamó suspense, se puede adivinar el desenlace sin mayores esfuerzos intelectivos, incluido nombre y filiación del asesino.

El problema es más serio de lo que parece, porque, para ser justos, habría que decir que los trailers cuentan los mejores chistes, las mejores escenas de acción y los principales giros del argumento, pero no desvelan el final. Aunque, claro, el último rollo de las películas del Imperio suele tener un desenlace tan difícil de prever como cuando tu pareja te obliga a entrar en el salón de casa a oscuras el día de tu cumpleaños.


Y éstos, ¿se casan?

Uno, que a su manera es muy antiguo, muy poco dado al exceso, que no cree en la democratización de la creación cultural si ésta significa que cualquiera tiene derecho a emporcar pantallas, lienzos y librerías con los subproductos de una deficiente formación personal y cultural, suele agradecer la contención y defiende con pasión la economía de medios. Por eso, al ver los trailers de estas películas se pregunta el CinExín por qué, si la historia cabe en tres minutos, hay un necio que necesitó dos horas para despachar el mismo cuento. Alguno podrá pensar que los 115 minutos añadidos llenan la película de matices, vierten en el relato una verdad íntima e inaprensible, pero le sugiero que repase los títulos antedichos. Desde este atildado púlpito se postula que el gusto por el esteticismo cinematográfico es propio de quienes creen que la diferencia entre periodismo y literatura tiene que ver con la concentración de adjetivos por centímetro cuadrado (teoría de cuya falsedad da prueba la existencia de esta cátedra semanal), cuando en realidad esa forma de contar gustándose suele tener una difusa pero cierta correspondencia con el vicio de Onán, ya sea estético o intelectual.














pvallin@divertinajes.com
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