20 de noviembre de 2003

¿Qué hay cuando no hay nada?


Criatura inofensiva pero menos

Esta es la pregunta que acelera el tránsito intestinal del CinExín desde que era tan pequeño como cabría deducir del sufijo final del título y de su apellido. Padeció de niño, a pesar de su infancia feliz, o precisamente por ello, todos los miedos posibles y algún otro, pero todos desaparecieron en la pubertad tardía, quizá al descubrir que había oscuridades más profundas e inescrutables en la existencia humana que las que provoca la ausencia de luz. Por ejemplo, las que se cobijaban en las miradas de algunos ladinos ejemplares del sexo opuesto. Como esta página persigue la instrucción del lector cinéfago y no el desahogo freudiano del autor, dejemos aquí este relato de picores nocturnos y quedémonos con el genérico, verbigracia, tipología, clasificación y transcendencia de las pavuras que cada cual siente ante la pantalla o tras ella.

Como aquí se desprecia el acomodamiento estilístico y narrativo (del cine, se entiende), ningún mérito se reconoce a provocar gritos en el patio de butacas. Dar un susto a los espectadores es tan sencillo y miserable como empujar a una vieja en la cola del pan. El miedo que se respeta es como el vértigo, porque provoca atracción mientras encoge el estómago. Sin ánimo de originalidad y atendiendo a la anterior definición, a estas alturas de la descreída existencia del CinExín sólo lo ignoto, aquello intelectualmente incomprensible pero cierto, puede tener ese efecto bifidobacteriano en su curtido intestino grueso. Antaño no era así, claro. Y quizá convenga recordar que hubo otros miedos menos reflexivos, más viscerales, muy primarios en los primeros contactos con el cinematógrafo, invento, como es bien sabido, del maligno.


Sin trampa ni cartón

La contemplación de los engendros de La parada de los monstruos (1933) de Tod Browning provocó a un adolescente desprevenido algo que, si bien no se puede considerar miedo en sentido estricto, sí que se ahorma a lo que entendemos por un agudo estado de turbación. Esa sensación compartía con el verdadero pavor su capacidad de recurrencia, algo que, desde un punto de vista meramente conceptual, la distingue netamente del llamado susto, que es extraordinario e irrepetible por su propia naturaleza y por la del aprendizaje humano. La incomodidad provocada por aquello que causa miedo a menudo retorna transformada en un exceso de salivación o un estremecimiento intempestivo con sólo un breve ejercicio de memoria. Así, las aberraciones de Browning regresaban con su amargo sabor, como un alimento mal digerido, muchos días después de su pase en aquel extraordinario espacio cinematográfico de la medianoche del sábado llamado Filmoteca TV.


Chicho Ibáñez Serrador
educando a los chiquillos

Unos años antes, otro emblemático espacio televisivo español, dirigido por el incombustible Chicho Ibáñez Serrador, Mis terrores favoritos, decidió celebrar una sesión especial para todos los públicos, con la excusa de que los pequeños (entre los que se contaba el que firma) no tenían que madrugar al día siguiente por ser fiesta de guardar, que ya saben ustedes que en tiempos aquí este asunto era sagrado. Programó el inventor de la Ruperta nada menos que El increíble hombre menguante (1957), de Jack Arnold, historia de serie B que, lejos de constituir un constructivo entretenimiento para un infante, fue causa de severos desarreglos anímicos en las sucesivas noches del aún balbuceante CinExín; creyeron algunos que fruto de la remembranza del sanguinario ataque de una araña gigante, pero nada más lejos de la mente atormentada del muchacho: como tantas veces se repetiría después, la substancia última del miedo feroz que turbaba las noches del incauto admirador de Ibáñez Serrador era la naturaleza inexplicable e inexplicada del mal, de la nube cuyo mero contacto hacía al hombre menguar para siempre y el espeluznante off final de quien sabe que seguirá encogiendo hasta volverse uno con lo infinitesimal (quizá nuble el habitual buen juicio del CinExín el recuerdo, que es extraordinariamente lejano, pues nunca hubo una segunda sesión). ¿Ven lo que les decía?: incluso ahora, pensar en ello modifica la temperatura de la estancia.

I. La Carne


Aquí sí hay trampa
y cartón (y tomate)

Ese miedo conceptual, que alude a lo incomprensible es, con mucho, el depositario de los más acuciantes temores que nos aturden. Sin embargo, no es frecuente. Una mirada a vuelapluma desentraña la naturaleza de nuestros temores en las tres condiciones del hombre, en tanto ser carnal, ser social y ser espiritual o trascendente. El primero es el terror de Browning, causa una aprensión carnal apelando a la ofuscación que produce nuestra propia constitución física, blanda y lasciva, y a la maleabilidad de sus fronteras físicas. El primer gore abundó en ese principio de la transgresión orgánica, y tocó techo en Holocausto Caníbal (1979), de Ruggero Deodato, película de culto sobre cuya supuesta autenticidad corrió una leyenda tan fértil como rigurosamente falaz.


Un hombre enfermo

El director David Cronenberg, más invocando la repulsión y la perversa atracción que nuestra carne contiene que empleando el terror propiamente dicho, ha sido sin duda ninguna el que más y mejor ha reflexionado sobre nuestra viscosidad. Por eso mismo, se ha convertido en el director que con más acierto ha plasmado la naturaleza íntima de nuestra corporeidad y los conflictos de frontera epitelial, en títulos como Vinieron de dentro de... (1976), La mosca (1986), Inseparables (1988), Crash (1996) o eXistenZ (1999). Para Cronenberg, no somos polvo y no nos convertiremos en tal cosa: somos vísceras y nos convertiremos en criadillas caprichosas antes incluso de morirnos. Su cine puede no dar miedo, pero nos revuelve; en sentido literal, nos desentraña. Algo parecido le ocurre a Hannibal Lecter, pero queda el asunto para la semana próxima, que hablaremos, esta vez sí, de chupasangres y otras prácticas mamarias, dicho sea sin doblez.

II. El Mundo


¿Cuánto miedo cabe
en un bosque?

El más frecuente y vulgar miedo cinematográfico se centra en nuestra segunda condición, la social. Tiene que ver con lo mucho que nos preocupa (es un decir) causar baja en nuestra pandilla de veraneo, mientras damos cuenta de la víctima iniciática de nuestro despertar sexual. El detallismo gráfico, la profusión de sangre (el nuevo gore), es siempre injustificado y atormenta a sus protagonistas (y se supone que así, también, al espectador) con luctuosos hechos del pasado de forma mal disimulada: Sé lo que hicisteis el último verano (1997), Viernes 13 (1980), Halloween (1978), La matanza de Texas (1974) y sucesivas tonterías que, a fuerza de repetirse, terminaron por dar risa, como bien entendió el especialista Wes Craven, creador de Pesadilla en Elm Street (1984) y, claro, de la serie Scream (1996), que quiso desarmar el género para reinventarlo, y se quedó sólo en el desmantelamiento. El mal encarnado en un pecador confeso, con imagen de marca (sea una careta de hockey, una de cuero o una camiseta de Epi y Blas con guantelete de cuchillas) ha caído en desgracia, gracias al cielo, como demuestra el muy distinto camino emprendido por El proyecto de la Bruja de Blair (1999), cuyas virtudes no residen, como a menudo se dice, en su imaginativa campaña de publicidad en Internet, sino en la emulación verídica del miedo no cinematográfico, es decir, el que puede experimentar el urbanita en una excursión campestre con acampada libre. Aclaro que este juicio no es compartido por aquellos a los que este CinExín respeta en tanto especialistas en miedo fílmico. Que son dos.

III. El Demonio


El traductor del título
merece ser fusilado

Obviando el juicio de las antedichas autoridades, en este púlpito se considera que la bruja de Blair trasciende el terror social (grupal) y entra a formar parte del que corresponde a la tercera condición humana, la trascendente, porque, aunque en su título juega con la presunta existencia de una bruja asesina, se trata de una disculpa para sublimar la agresión del medio, del bosque, al igual que sucedía en el estremecedor relato El Wendigo, de Algernon Blackwood, uno de los más interesantes escritores de cuantos formaron el círculo de amistades absentistas (figuradamente, "bebedores de absenta") de H. P. Lovecraft. Alude al mal en tanto atributo preternatural, que es antes, durante y después de nuestra existencia, y que, en tal sentido, no es un mal moral, sino un mal esencial. En cierta medida, es una aplicación más o menos rigurosa de la segunda Ley de la Termodinámica y, desde ese punto de vista, podemos relacionar ese mal protohistórico con el concepto de entropía. Hay miedos esenciales en Los Otros (2001), -añádanse a la lista Suspense (1961), Al final de la Escalera (1980) y otros antecedentes- de la que ya nos ocupamos aquí abundantemente, y todos ellos apelan a nuestra trascendencia. Desde esta tercera perspectiva del terror -la que no es carnal ni social- provoca miedo lo que no es explicado y lo que no puede serlo. Desde el punto de vista de la realidad postmorten todas las películas que apelan a la religión o los fantasmas se mueven, con mayor o menor fortuna, en este campo, caso de Los Otros, El Proyecto de la Bruja de Blair, la excelente película de Roman Polanski La semilla del Diablo (1968), La Profecía (1976), El Exorcista (1973) El sexto sentido (1999) (también largamente comentada en el CinExín), o incluso la interesante pero mejorable Mothman (2002), basada en un intrigante caso real del hombre polilla, que en manos de Chris Carter (creador de Expediente X) hubiera corrido mejor suerte.


Un 'serie B' muy respetable

El hombre polilla del que habla la película de Mark Pellington tiene que ver con esas existencias protohistóricas, vinculadas a la esencia profunda del cosmos, y algo muy parecido se encuentra en una película de fingida ciencia-ficción, variedad espacial de la casa encantada y el triángulo de las Bermudas, llamada Horizonte final (1997), de Paul W. S. Anderson (cuya filmografía, por lo demás, es un dolor). En el argumento de esta película, una nave espacial que crea agujeros espaciotemporales para viajar más rápido que la luz (en realidad, pliega el continuo espacio tiempo, y salta de inmediato a un punto alejado del cosmos) reaparece sin tripulación años después de ser dada por perdida. El Event Horizon (nombre de la nave que da título a la película y alude al borde de un agujero negro a partir del cual nada es perceptible, porque ninguna información sensorial escapa a su atracción) regresa "poseído". En su viaje ha estado, se dice en el filme, en el otro lado, el caos puro, una aplicación fascinante del principio matemático de la creación del universo: la nada se descompone en dos universos, anverso y reverso, positivo y negativo, del mismo modo que el cero se descompone en +1 y -1. Científicamente intachable y, por tanto, plausible. Abundando en la abstracción cientificista, Cube (1997) supone la plasmación de las pesadillas de la vulnerabilidad, metáfora final de una alienación social inacabable en la que las preguntas mutan conforme el individuo logra hallar las respuestas.


¿Por qué, cómo, dónde?

Sin embargo, es El Show de Truman (1998), apasionante título de Peter Weir, en apariencia inocuo, el que expresa una de las angustias más axfisiantes de la existencia humana: formar parte de una representación en la que todo cuanto nos rodea es cartón piedra, incluidos el azul celeste que ilumina nuestras vacaciones, la lealtad de los amigos y el amor de nuestra vida. La bóveda está pintada y nuestros afectos son fruto de un riguroso casting y un elaborado guión. Truman Burbank, un héroe de película, abrió la puerta para saber qué había más allá de su cielo de estuco. Venció su miedo, mientras los demás proseguimos esta existencia temblorosa, paralizados por el pánico a lo que hay tras nuestro horizonte de eventos, al que hemos dado en llamar muerte.













pvallin@divertinajes.com
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