12 de noviembre de 2003

Goces primordiales


Los primeros hechiceros

El cinematógrafo tuvo antaño esa condición de espectáculo de feria, dicho sea desde el respeto, por su capacidad para maravillar, para proponer viajes más o menos imposibles y para causar estupefacción a un respetable ansioso de impresiones inmediatas, excitantes y olvidables. Ha pasado un siglo, y aunque los cínicos dirán que estamos más o menos dónde estábamos, pues sí pero no. Porque, aunque se haya recuperado (no en todos los casos para mal) ese espíritu pirotécnico del cine, la historia transcurrida, un siglo lleno de películas, no ha sido de balde. Los que conservamos, a ratos, la mirada infantil, la capacidad para la fascinación, en cierta medida iniciática, ante el portento, tenemos hoy que conjugar, en un condenado ejercicio de funambulismo, el gusto por la exquisitez con la mera fruición de la fanfarria. Desde su formación heterodoxa, el CinExín propone hoy su cómo, y tal vez en el camino localicemos un porqué.


Y el hombre voló

Residen en el cine dos gozos primigenios, anteriores al discurso y la sintaxis, y posteriores a la magia de la imagen en movimiento. El primero es el del imposible, el de la hechicería que inaugurase Meliès y que hoy reposa en manos de informáticos, pirotécnicos y maquetistas. Es este primer deleite a menudo repudiado por simple, cuando más bien es primordial, porque forma parte de la esencia misma del fenómeno cinematográfico. Es cierto que en la última curva tecnológica el carro ha adelantado a los bueyes; ocurre así que los discursos se pliegan al sortilegio visual y entonces asistimos al pasatiempo de unos helicópteros persiguiendo dragones alrededor del Big Ben, entre otros colosales desvaríos, fruto sin duda del consumo desmesurado de cocaína en los despachos de los estudios californianos.


Viaje con nosotros

El segundo fundamento de la delectación es el viaje, el que proporciona el cine en tanto ventana a lugares posibles o imposibles y casi siempre improbables, pues no existen ni existieron jamás la Casablanca de Kurtiz, la Atlanta de Lo que el viento se llevó, el Tayikistán de El hombre que pudo reinar, o el Bagdad por el que volaba majestuoso Douglas Fairbanks. El embeleso que proporciona la imagen del viaje es tal que el CinExín se descubrió antaño atrapado por un espacio que empleaba alguna televisión alemana para rellenar los noctámbulos agujeros de su parrilla y que consistía en la retransmisión, sin cortes, de un viaje en tren visto desde la cabina: un plano fijo en el que bosques y aldeas de regiones centroeuropeas desconocidas para el espectador resbalaban por ambos lados de la pantalla en un ciclo cuya naturaleza y apariencia eran eternas, al menos en los confines del formato televisivo que lo contenía. En alguna cinta de vídeo conservo varias horas de ese curioso ejemplo de imagen hipnótica, hermana de otra ya citada aquí: la de Nanni Moretti deambulando en vespa por una Roma tomada por el tedio estival.


Theo Angelopoulos tiene
su lirismo editado en DVD

Viene esto a cuento de que la gente se me aburre con determinadas cinematografías (el genérico refiere a procedencias geográficas, claro), y de hecho, en el extraño y agradable ceremonial de la comunicación electrónica que desencadena este espacio, he tenido que emprender la salvaguarda, con coraje y gallardía de paladín, del buen nombre y honra de directores como Theo Angelopoulos, Abbas Kiarostami, Eric Rohmer e incluso Akira Kurosawa. En lo que respecta a este último, el dogmatismo que alienta estas páginas interdicta el descenso a la defensa de uno de los creadores más universal y unánimemente reconocidos de todos los tiempos. Como solía decir un muy admirado amigo de verbo alambicado, ante un debate cuyo mismo planteamiento consideraba soez, "lo que pasa es que usted no tiene ni puta idea". No siempre se deshacía en este tipo de explicaciones. Con frecuencia, si consideraba que el contertulio no merecía tanto detalle, lo despachaba con un desdeñoso y arrogante "lea libros" que sumía en la confusión y la ignominia al interfecto.

Sin embargo, es interés de esta página explicar y explicarse dónde descansa su debilidad por Paisaje en la niebla y La mirada de Ulises, de Theo Angelopoulos; A través de los Olivos, El sabor de las cerezas y El viento nos llevará de Abbas Kiarostami, y El rayo verde, Pauline en la playa, o los Cuentos morales de Eric Rohmer. En realidad es mentira, porque en la perversión intelectual propia del CinExín, lo que hallamos es la anomalía ajena, es decir, el porqué algunos corren despavoridos ante la bella serenidad de estos directores, confundiendo claramente el laconismo con la morosidad.


El viento nos llevará,
de Abbas Kiarostami

Sucede hoy que el primer goce, el del artilugio, ha devorado al segundo, el del tránsito, y aun al previo, la sencilla embriaguez del movimiento. Y de esto no cabe echar toda la culpa a una industria errabunda y alucinada. Es el síndrome del ojo vago, sobreexcitado por el bombardeo, el que se siente incapaz de concentrarse en una imagen que fluye. Tras tantos falaces empachos de realidades televisivas, En construcción, de José Luis Guerín, ha venido, entre otras cosas, a devolvernos el morbo del espionaje indiscreto (que algo tiene que ver con el tren citado líneas arriba), de quien escucha aquello que no fue dicho para sus oídos, al margen del carácter de veracidad documental que cada cual quiera darle al notable título de Guerín. Pero también ha venido a reivindicar aquella cualidad primordial del cine, la de la mera observación, esa en la que el espectador avanza entre las imágenes, en lugar de ser éstas las que se desencadenan ante el estatismo del sujeto; es la indagación frente a la contemplación, la mirada, frente a la visión. Y esa audacia de llevar al espectador a la pesquisa serena, a la búsqueda inteligente, es la que exigen las imágenes de estos autores cismáticos.


La mirada de Ulises desnuda Europa

Con Angelopoulos es más sencillo ese deleite arcaico, porque apela a una lírica frondosa, y la belleza sucia de sus imágenes es embriagadora o no, pero universal. En Kiarostami, el lenguaje es protocinematográfico (con perdón) porque es cine fundacional -no es baladí que el realizador se dedicara antes al documental-, en particular en el caso de A través de los olivos, película que a su manera destruye el cine, porque lo devuelve a un estado salvaje previo a la narración discursiva. En la larga secuencia que resuelve el relato (casi imposible de apreciar en vídeo, por la distancia de la cámara a la que ocurre la acción) se resume el esfuerzo, sencillo pero titánico, que Kiarostami exige de su espectador. Y, con él, la brutal recompensa que le reserva. El minimalismo conceptual de A través de los olivos se convierte en minimalismo formal en El sabor de las cerezas, cuya ingenuidad y economía de recursos nos devuelven al candoroso agrado primitivo del acto cinematográfico puro. El deambular del todoterreno de un suicida por las pedregosas carreteras iraníes nos trae de nuevo el tren infinito de la selva negra y la moto romana.


Maravilloso Rohmer

Con Rohmer la pelea es otra, pero es la misma. La exuberante inactividad del cine de los premiadísimos autores antedichos se torna en el venerable director francés en una prodigalidad verbal insólita. En un tiempo en el que las pantallas se pueblan de cosas que suceden (literalmente, de sucesos), Rohmer las llena de texto, mientras sus personajes guían a la cámara por escenarios que mutan. Eric Rohmer hace a sus personajes caminar, a menudo mirando al suelo, como si buscasen las huellas de palabras mil veces dichas sobre los desencuentros de los afectos. Esta ausencia de artificio y aparente falta de planificación también hacen a Rohmer fingir un cine vaciado, textos filmados en los que sólo la precisión con la que discurren de la mano el paisaje y el verbo delata el minucioso artesonado que soporta el fingido balbuceo del cine de un septuagenario.


Otro repaso a la
nueva Europa

De la misma Francia ha venido un cine fascinante y aterrador por igual, ahíto de modernidad, que, colocado en apariencia muy cerca de la verdad de Rohmer, supone una reivindicación justamente opuesta. Rosetta, de los hermanos Dardenne, que abunda en el realismo ya preconizado en su obra anterior, La Promesa, pero cuya opción narrativa, seguir con la cámara a la protagonista y no lo que le ocurre, supone el desmantelamiento mismo del cine. Rosetta, versión corregida y mejorada de los atavismos del grupo Dogma, es la renuncia claustrofóbica a cualquier goce sensual cinematográfico, lo que no menoscaba otros valores menos confortables de la obra de estos cineastas, también venidos del documental y convertidos en incómoda conciencia de una Europa demasiado obsesionada por crecer como para volver la mirada a cuántas víctimas deja en el camino.

Ante las imágenes arbitrarias de A través de los olivos, sin duda la más subversiva de cuantas películas aquí se han nombrado, sólo cabe el rechazo visceral de la modernidad más académica, o la rendición sosegada de quien esté dispuesto a asistir a la reinvención del cine, al instante, viscoso e intrigante, en que la criatura, aún envuelta en sangre, lanza su primer aullido.

pvallin@divertinajes.com
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