29 de octubre de 2002

Narraciones extraordinarias a todo color


Un clásico indiscutible
(lo peludo es Totoro)

Arrancar mentando un premio en un atribulado festival centroeuropeo es una percha demasiado cómoda como para no parecer una coartada. Las más señeras y circunspectas publicaciones cinematográficas, para glosar o criticar (en el mejor sentido) El viaje de Chihiro, han colocado la expresión "festival de Berlín" en algún punto del primer párrafo, acaso de la primera línea, lo que parece una forma de pedir disculpas anticipadas por dedicar página y loas a un título realizado en dibujos animados, una disciplina marginal que sólo debe ser objeto de la atención de padres responsables y jovencitos con acné. Y sin embargo, lo hemos hecho, hemos mencionado el Oso de Oro, aunque más que una coartada, buscamos un aval a lo que aquí se sostendrá, a saber, que Hayao Miyazaki es un maestro del cine, sin adjetivos.


El viaje de Chihiro
ahora en cartel

Etiqueteros de todo pelaje lo bautizaron como "el Walt Disney nipón", un título que no le hace honor y que parece obedecer a que es la distribuidora de Disney, Buenavista, la que se ocupa de llevar por todo el mundo las películas del genio japonés. Para rematar tan dudosa falta de originalidad y gusto, cabe señalar que el ya desaparecido maestro del manga (cómic), Osamu Tezuka, (creador de tebeos tan aclamados como Black Jack, Adolf o Buda), que también fundó un estudio de anime, fue ataviado con semejante apelativo hace tres décadas, como si Walter Disney hubiera inventado los dibujos animados. Una fórmula de etnocentrismo que olvida dos evidencias: en primer lugar, que Japón es el único país que emplea los dibujos animados como un lenguaje cinematográfico en sí mismo, sin adscripción a un determinado espectro de edad, con resultados que saltan a la vista (en las taquillas japonesas, las películas de Miyazaki han barrido los récords de títulos como Titanic o La Amenaza Fantasma). En segundo, que hoy en día la industria japonesa del dibujo animado está, creativa e industrialmente, muy por delante de la norteamericana. Excuso añadir que Miyazaki es un cineasta muy superior al inventor de los parques lúdico temáticos.

Cine sin adjetivos


¿Reina de corazones?

La delicadeza de la obra de Miyazaki, su incuestionable coherencia, merecen que desde este CinExín nos molestemos en retirar aún otros sambenitos que viene padeciendo desde hace años. Verbigracia, Marco y Heidi no son creaciones suyas, o, al menos, no en el sentido que con frecuencia se menciona. Miyazaki era diseñador de personajes y, efectivamente, es el creador de Marco y Heidi, de su aspecto, no de las series. De hecho, el drama inherente a ambos relatos tiene muy poco que ver con la forma de mirar, de pensar y de contar que Miyazaki ha dejado en su obra y que supone una huída del melodrama con niño y de todo su aspaviento.

Dejando de lado su creación de tebeos y sus primeras obras, nunca editadas en España, lo que de Miyazaki ha llegado hasta nosotros, cinco películas, demuestra una entidad monolítica en el discurso cinematográfico y un vigor narrativo insólito. La planificación de las secuencias y el escrupuloso dominio del tiempo cinematográfico conducen al espectador en volandas a través de unas historias en las que la fantasía se mezcla sin pretexto con la realidad, a veces incluso con una realidad histórica, como en Porco Rosso, y La princesa Mononoke, para consumar relatos extraordinarios en los que las quimeras conviven con un costumbrismo bucólico y verosímil.

Un peluche que vive en un árbol


Mi vecino Totoro,
disponible en vídeo

Aunque para el público occidental fue Porco Rosso (1992) la primera película que llegaba hasta nuestras pantallas, para entonces Miyazaki ya había firmado su obra maestra Mi vecino Totoro (1988), quizá el título más emparentado con El Viaje de Chihiro (2001). Totoro, película que Akira Kurosawa incluyó en su lista de cien títulos imprescindibles de la Historia del Cine, es la narración del descubrimiento del mundo a través de los ojos de dos hermanas que se mudan con su padre a una vieja casucha en el campo. La relación que establecen las pequeñas Mei y Satsuki con el inescrutable medio que las rodea, plasmada mediante la revelación de la existencia de un imposible roedor gigante de abracadabrantes bostezos, estructura esta maravillosa composición, escrita y realizada en cinco unidades narrativas cerradas, pero cuya argamasa es tan exquisita que apenas son perceptibles las junturas que separan los capítulos. Las delicadas pausas, la precisión para retratar la luz en cada momento del día y el vigor con el que Miyazaki desarrolla la acción sin necesidad de recurrir a procedimientos digitales se aglutinan en Mi vecino Totoro para componer una obra en cuya aparente falta de ambición reside su casi inadvertida grandeza.


Porco Rosso, libérrima
versión de Bogart

Continuación natural de Totoro fue Niki, aprendiz de bruja (1989), obra menor pero gozosa, que relata el noviciado de una bruja que, escoba en ristre, pone un servicio de paquetería. Como lo leen. El cambio de registro que aconteció después fue un notable ejercicio de ensanchamiento del universo propio. Porco Rosso (1992) pone sobre la pantalla una historia crepuscular y nostálgica de un veterano hidroaviador del Mediterráneo en los años del periodo entre guerras, cuando Italia se arrojaba indolente en manos del fascismo. Pero el piloto de la historia es un cerdo, una licencia que Miyazaki no explica, lo que en absoluto mengua la riqueza y seriedad del guión, en cuyos diálogos se vierten inesperados hallazgos y poco habituales conflictos personales. Porco Rosso es, además de un ejemplo de cine revulsivo que homenajea a clásicos del romanticismo más desatado, como Casablanca, una rareza cuyo hallazgo supone en sí mismo una ceremonia de celebración del cine.

Carrol y Ende redivivos


La princesa Mononoke
y unos amigos

El Viaje de Chihiro recupera ese mito del descubrimiento que impulsaba Totoro, que no es ritual de iniciación, y coloca a una niña del otro lado del espejo, por citar la más común de sus referencias: Alicia en el País de las Maravillas. Chihiro es una Alicia de este tiempo, con la mirada impresionada por los fantasmas de la modernidad, lista para ser puesta a prueba en un mundo en el que unos desorientados y caprichosos dioses necesitan de las atenciones y cuidados que una miríada de aberraciones animales deberá proporcionales, en el marco de un portentoso balneario que habita en los rincones oscuros de un parque temático abandonado. De nuevo sobresalen en el personaje protagonista una deliberada ausencia de prejuicios y la fortaleza de una moralidad llana, nada acomodaticia, carente del acartonamiento de lo políticamente correcto que empapa buena parte de la producción infantil norteamericana (valga la redundancia). Chihiro, como Mei y Satsuki, mira con los ojos muy abiertos aprehendiendo todo, discriminando e interpretando su metafórico entorno hasta encontrarle su propio orden teleológico, que a su vez requiere ser reinventado mediante la osadía de quien sólo mira hacia delante. El Viaje de Chihiro es Lewis Carroll, pero también es Michael Ende, pues proporciona un ciclo capaz de alimentarse para volverse a ingeniar, como también ocurría con Totoro. Mediante mecanismos tan prodigiosos como invisibles en su trucaje, Miyazaki consigue enternecer sin empachos, acudiendo a la anécdota residual, colocada en un punto inadvertido del plano desde el que matiza y completa cuanto ocurre en cuadro.


El maestro Hayao Miyazaki

Chihiro es una reconciliación con Miyazaki, tras ese ejercicio de cine excesivo que es La princesa Mononoke (1997), cuya indomable hermosura fordiana (sí, sí, de John Ford hablamos), es lastrada por una segunda hora en la que la habitual contención narrativa del maestro japonés se vuelve especulación esteticista, para desembocar en un final un tanto deshilachado. Mononoke es una película ambiciosa, que apoya sus robustas piernas sobre el cine más ampuloso del último Kurosawa y logra momentos mayúsculos, pero, como conjunto, menos directa y preciosa que otras obras de su autor. Reencontrar ahora al Miyazaki más cercano y contenido, entregado a las proezas de personajes menores, supone volver a embriagarse con el mejor de los cines posibles, ese que, silencioso y oculto, crece fragante en las orillas del gran río, ajeno al estruendo de las aguas bravas que habrán de precipitarse y desaparecer en la inexorable cascada del tiempo. Por así decir.

pvallin@divertinajes.com
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