22 de octubre de 2002

Libertad en voz activa


Es Nanni Moretti y lo mismo habla
de la huelga o canta por Battiato

El exilio es considerado a menudo el hogar de la libertad. Es el lugar elegido por los que quieren hacer del ejercicio de la libertad creativa su medio de expresión sin negociar con las censuras de la superestructura, sea ésta un régimen político o un modelo de producción industrial. Así, del exilio se espera que provenga el cine más convulso, con menos concesiones y ataduras. La libertad ha sido reclamada y proclamada en casos bien distintos en el cine mundial. De Luis Buñuel a menudo se dice que revelaba libertad cuando denunciaba las conformidades socio-morales que atormentaban a sus personajes. Pero a este CinExín, le parece que es el perfecto ejemplo de lo que le pasa hoy al cine norteamericano disidente y al cine disidente en general: que grita desde la prisión.

Los principales francotiradores del momento, gentes como John Sayles, David Lynch, Peter Greenaway, Woody Allen, Jim Jarmusch, Ken Loach, Nani Moretti, Robert Altman, Micheangelo Antonioni o Eric Rohmer, son ejemplos de exiliados de la industria que han instalado su campamento en los arrabales de la gran ciudad del cine, viviendo al calor de sus murallas, pero del lado de fuera. Como el pájaro que come entre los dientes del caimán, Hollywood y sus sucursales los toleran porque colaboran en la rentable labor de agrandar la industria y les permiten llegar a los oscuros corazones enfermos de cuántos buscan algo más que películas que apuntalen convicciones que uno ya traía de casa. Son independientes, en la medida en que su marginalidad es un acto de voluntad propia y no fruto del desdén de las grandes productoras. Siendo generosos, diremos que todos ellos reivindican una emancipación creativa porque entienden el cine, no diremos como arte (aunque sea una convención muy del gusto de la crítica), pero sí, al menos, como producto intelectual destinado a las masas, por citar la epistemología cultural de la Escuela de Frankfort. Este respeto al medio, el cine, frente al fin, la taquilla, hace de ellos cineastas de la libertad. Pero ¿la reclaman o la proclaman?

Por qué Luis Buñuel es Woody Allen


Corran al videoclub, se
llama Noche en la Tierra

Para ilustrar el dilema al que les quiere llevar esta semana esta sección, proselitista donde las haya, acudiremos al maestro de Calanda, Luis Buñuel, porque éste se exilió a México. Fue reivindicado por la crítica francesa, que descubrió en él un autor digno de ser francés, y a poco lo hacen cantar la marsellesa. Una de las constantes en el cine de Buñuel, nada hay original en decirlo, es su obsesiva recurrencia al sexo y las convenciones morales, religiosas y sociales que lo rodean. Sin embargo, el fanatismo atávico que el director aragonés retrata alrededor de sus personajes no le es un elemento ajeno; tal vez el modo en que se hace patente que el director conoce en carne propia los tormentos morales de sus personajes dota a su cine de mayor verdad y lo convierte en un referente de la subversión moral. Los personajes de Él (1952), Demonio y Carne (1951), Abismos de Pasión (1954), Don quintín el Amargao (1951), La Joven (1960), Belle de Jour (1967), o incluso los de algunas de sus obras postreras, como Ese oscuro objeto del deseo (1977), viven sus pulsiones como tentaciones antinaturales, a las que, en algunos casos, deciden abandonarse pero, en todo caso, con una lúcida conciencia de obscenidad. Como tal vez el propio Buñuel.


Mírenlo, un hombre atormentado

Si permiten un salto mortal con tirabuzón, algo muy similar, pero bajo la asfixia del judaísmo y las convenciones del snobismo neoyorquino más freudiano -en lugar del fanatismo católico del tardo franquismo- es lo que le pasa a Woody Allen en su relación cinematográfica con las mujeres, si bien un físico poco agraciado y un egocentrismo desbordado y autoparódico le han llevado por los caminos de la comedia más o menos desenfrenada, lo que disimula en parte los barrotes de esas prisiones morales contra las que clama desde dentro. En su caso, casi cabría decir que es más reo de las convenciones morales en sus películas que en su vida real, en la que coquetea con el incesto sin turbación aparente.

Modos y maneras del cine extramuros


Greenaway es el maestro
del cine subvencionado

En cierta medida, la mayor parte de los directores del listado tentativo del encabezamiento operan hacia la libertad antes que desde ella. Sus exilios de la industria les permiten elevar la voz para denunciar las miserias del suburbio, frutos indeseados, y a veces pretendidamente invisibles, de la propia grandeza de la ciudad amurallada. Algunos permanecen acampados a la sombra de las murallas porque anhelan las migajas que de vez en cuando son arrojadas desde las almenas, y también los hay que sobreviven lejos de la ciudad de oro, alimentándose, de modo aún más reprobable, de los diezmos arrancados a los campesinos, caso del cine de Peter Greenaway, que todos nosotros (toda Europa) pagamos con subvenciones, aunque nadie vea ni entienda lo que hace ese señor. Unos y otros se han exiliado físicamente, pero conviven con el yugo que denuncian. Su rebelión responde a su sufrimiento.

No abundan los ejemplos de cineastas que proclamen libertad en sus gestos, sus modos y sus temas. Este CinExín sólo se atreve a colocar aquí al Nani Moretti de La Habitación del hijo (2001) Caro Diario (1994) y su necesaria continuación Abril (1998), quien, a pesar suyo, se ha visto convertido en una de las escasas referencias europeas de libertad en ejercicio y no en potencia, al lado quizá de Michelangelo Antonioni, al que, para desgracia de todos, ningún productor quiere pagar una película, aduciendo la melindrosa coartada de su minusvalía y su avanzada edad. Eric Rohmer, Víctor Erice... No hay mucho más, y eso que este CinExín, de forma eventual, gusta de paladear rarezas (aunque cada vez menos, porque abundan los fatuos que, en lugar de buscarse una tribuna, deciden adornar las carteleras con sus vanaglorias), entre las que ha encontrado, casi siempre, anomalías formales y temáticas de todo tipo, aunque a menudo con más apariencia de terapia que de ejercicios de libertad creativa.

Impresionismo inmoral


Su excelencia Jean Renoir

Quienes proclaman lo que ejercen no son mejores ni peores que quienes sufren cincha y se rebelan, pero impresionan por su alcance, por la claridad de su mirada y con frecuencia también por la pureza de eso que los críticos llaman con lucidez "su trazo", que es firme y limpio, como el corte de un escalpelo. Esa sensación provoca la mayor parte del cine del pródigo Jean Renoir (1894-1979), un artista que eligió el cine para expresarse, para transmitir y ejercer la conmoción de vivir la Europa de las dos Guerras Mundiales y continuar su carrera sin que las tinieblas del siglo XX enturbiasen su proverbial inocencia. El cine de Renoir, el que aparece en sus títulos mudos (incluido un manifiesto surrealista titulado Sur un air de Charleston (1927) que empequeñece el glorificado Un perro andaluz (1928) de Salvador Dalí y Luis Buñuel), es de una frescura que aún hoy sacude la mirada del espectador, como si de pronto un velo de convenciones fuese descorrido para dejar pasar la luz. El tratamiento de la moral social y sexual en títulos como Boudou, salvado de las aguas (1932), Une partie de champagne (1936), Toni (1935), o El Crimen de Monsieur Lange (1936) y, sobre todo, en ese encaje de bolillos mil veces plagiado, La regla del juego (1939), es propio de la inocencia de quien ignora cualquier convención que no nazca de la voluntad de mejorar al hombre. Es cierto que la ortodoxia del estudio cinematográfico señala que, conforme avanzaba la década de los treinta, el cine de Renoir se vuelve menos libre y más reivindicativo, pero su mirada no se enturbia hasta su llegada a Estados Unidos, en 1941. A pesar del éxito de Esta tierra es mía (1943), con Charles Laugthon, y el manifiesto comunista que supone El Hombre del Sur (1945), es ésta su peor década, y no recobrará, hasta que en 1951 viaja a la India a rodar El río (1951), ese tono propio de quien ha hollado el paraíso sin morder la manzana del conocimiento, la que adoctrina en el arrepentimiento.


La libertad viaja en Vespa

Renoir vivió su infancia entre largas jornadas campestres en las que su padre, un nonagenario Auguste Renoir, maestro del impresionismo, adiestraba en la libertad (si tal cosa es posible) a su vasta prole, al tiempo que les enseñaba a contemplar la luz de la campiña. Muchas cosas se entienden del cine de Jean Renoir al imaginar esa escena.

En su exilio, obligado por la invasión nazi, su cine perdió su pulso libérrimo y tardó una década en recuperarse. Buñuel vivió exiliado, sin deshacerse de los fantasmas del nacional-catolicismo más puritano. El viaje para conjugar libertad en voz activa debe conducir a un exilio interior. Sólo así se habita el albedrío, la propia soberanía.

pvallin@divertinajes.com
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