15 de octubre de 2002

Si lo construyes, él vendrá


Técnicamente, patinazo

Lo decía el campo de maíz: "Si lo construyes, él vendrá". En Campo de Sueños, un maizal toma la improbable decisión de hablarle a Kevin Costner. Le pide que construya un campo de baseball, para que "él" venga. Y Costner lo construye; y "él" viene. Una de las ventajas que tiene el cine es que existen los milagros. Del mencionado y otros portentos, habla esta semana el CinExín.

Antes de seguir, este dogmático predicador debe confesar que es persona carente de fe, en el sentido clásico del término. El CinExín no cree en el Ché, ni en Dios, ni en Alá, ni en Buda, ni en el Dólar, no cree en Bricomanía ni en Javier Sardá, no cree en Bill Gates, no cree nada de lo que dice Bush, muy poco de lo que se dice sobre los vascos, no cree en la Reforma del Desempleo, ya casi no cree en el periodismo, no cree en la joven Literatura, no cree en la Antiglobalización ni en la Globalización, no cree en el Turismo Rural ni en el Feng Shui, no cree en la recuperación económica, no cree en las lentillas reciclables ni en los product managers, no cree en Urdazi y mucho menos en Buruaga, no cree en el IPC ni en el ABC, no cree en el chill-out, el trip-hop, el grunge, el trance, el rap, el rock, el pop, el jazz, ni la canción ligera, no cree en San Josemaría, ni en Santa Bárbara cuando truena; es más, en su descreimiento, el CinExín duda seriamente de la existencia de Internet.


¿Son señales, o las obras
de un campo de baseball?

Y tras este pensamiento, gregario de Emile Zola, queda claro que el dogmatismo de esta semana es descreído. Maravillado, pero descreído. Aunque para impartir doctrina cualquier coartada es buena, desde nuestro pedestal se realiza un esfuerzo por buscar una percha de actualidad para enganchar con las inquietudes más inmediatas del presunto lector (lo ponía un libro de Psicología e Investigación Motivacional del Consumidor que uno leyó en mala hora). Verbigracia, se estrenó hace un par de semanas Señales, tercera película de Manoj Night Shyamalan, que habla, como sus dos cintas anteriores, de la fe. Aprovechamos que el Ganges pasa por Benarés para hablar de los que creen.

Harás mis prodigios


I want a hero,
decía Bonnie Tyler

Este tercer título del director indio supone, hay que decirlo, su primer patinazo, pero sirve para consolidar una temática y una línea coherente con El Sexto Sentido y El Protegido. Nos viene bien, pues los tres títulos comparten protagonista y temática. El personaje central de cada una de las tres películas, interpretado por Bruce Willis en las dos primeras (con desigual fortuna), y por Mel Gibson (notable, a pesar del inverosímil argumento) en ésta última, es siempre un individuo atormentado que logra la redención cuando es iluminado por la Verdad, que en el primer y tercer caso es religiosa, en el sentido más convencional, y en el segundo, El Protegido, de una aproximación transversal al mundo de los superhéroes (del que el Cinexín dio buena cuenta la pasada semana hurtando de forma intencionada mencionar la cinta de Shyamalan). Al caso: la convicción genera prodigios. Y no es importante, o no lo es para el autor, si esta fe se sostiene sobre una verdad o sobre un artificio de la mente. Lo que da sentido al cine de este singular director es que no importa si lo que al final creen sus personajes es cierto o falso, porque será verdadero en tanto lo profesen, y los redime de sus miserias porque lo creen.


Ve muertos, por eso
tiene esa cara, el pobre

La fascinación que el CinExín siente por este argumento nace de su ambigüedad moral, porque el mensaje de que es la convicción y no la substancia de la fe lo que sostiene la integridad del ser humano puede ser considerado un elogio de la más reaccionaria alienación, o un subversivo desenmascaramiento de la intrascendencia de lo que se oculta tras el rito y la creencia. Convencerse de que no importa si el Mago de Oz es real o fingido puede ser considerado un mensaje Disney del tipo "la luz brilla en ti, no la busques en el mundo, porque está en tu interior" (está permitido vomitar, pero ojito con la tapicería). O, al contrario, puede atribuirse al relato tener el carácter subversivo de descorrer la cortina y mostrar que las negruras que se movían ante los ojos de los hombres de la caverna platónica no son más que sombras de otros hombres. La verdad es liberadora, pero ¿desenmascara Shyamalan la mentira de la fe o la reivindica por su capacidad de conducir al hombre a la superación? O, más probablemente, se la trae al pairo una cosa como la otra.


El sótano antiaéreo

Casi es un sarcasmo que la fe sea lo que arruina Señales. La falta de fe, digo. Las historias de Shyamalan exigen un esfuerzo de condescendencia del espectador, que debe creer las excéntricas situaciones que propone. Este arrojo del espectador debe ser justamente recompensado con un guión que dote de credibilidad a lo increíble, de forma que el encuentro, la comunicación, se produzca a mitad de camino. Y en Señales, la verosimilitud se despeña, porque el espectador ha de poner todo de su parte para creer una historia escasamente armada. En el patio de butacas falla la fe porque se ve la tramoya de tanta farsa. Crítica y público se lo han hecho saber.

I want to belive


Rompiendo los moldes

Entre tratamiento psiquiátrico y tratamiento psiquiátrico, Lars Von Trier, loco, hedonista e indisciplinado director de cine, firmó una cinta basada en un asunto de fe. Bess McNeill, la protagonista de Rompiendo las Olas, creía hablar con las alturas que, no obstante, le devolvían sus deseos convertidos en atroces crueldades con un sentido del humor macabro. Bess pide a Dios que su marido, que trabaja en una plataforma petrolífera, vuelva a casa y se quede con ella, y el hombre vuelve inválido. El personaje (que dio a conocer en todo el mundo a una sublime Emily Watson) no pierde la fe y, en un retrato descarnado del fundamentalismo religioso, entrega su cuerpo y su alma al pecado y la ignominia, mediante un descenso a los infiernos que redimirá a su amado. Von Trier mantiene la ambigüedad de su relato hasta el plano postrero, maneja la película sin definir si Bess está esquizofrénica o es una elegida. Que finalmente Von Trier opte es el mayor reproche que para algunos merece Rompiendo las Olas, mientras otros ven en esta intrepidez la clave que da sentido a la película. Para el CinExín, no pasa de ser una abstracción que trae redención tras un sacrificio en apariencia vano.


Manifiesto de intenciones

Para los que consideren que la petulancia es aliento de esta página, agárrense porque viene al caso nombrar a un director de los que no están en el videoclub de la esquina: Carl Theodor Dreyer fue el primer cineasta que separó la fe de la religión al abordar, en su obra maestra La palabra (1955), el poder de las convicciones en tanto instrumento anclado en el imaginario pero con capacidad para modificar el mundo físico. La potencia de la puesta en escena de plano secuencia, las interpretaciones, el espeluznante silencio que hace atronador el tictac de un reloj de pared que mata cada segundo de desespero, y un libreto de inconmensurable sutileza hacen de ésta la obra capital del cine del milagro, aquel que reivindica el prodigio y lo convierte en piedra angular de la narración. La película está calculada hasta en su aparente toma de partido, que no lo es, y reinterpreta la influencia de los ritos sobre el hombre y el propio concepto de mesianismo. Advertencia: sobre Dreyer volverá el CinExín cuando cumpla su promesa de hablar de los chupasangre, pues defenderemos que suya es la mejor película de espectros desangradores que le haya sido dado contemplar, Vampyr: Der Traum des Allan Grey (1932), paradójicamente retitulada, La extraña aventura de David Gray (reparen en el cambio de nombre del protagonista).


Indispensable

Como se ve, en esta brevísima enumeración no se ha tocado ningún título de cine religioso o basado en biografías ejemplares de mártires y virtuosos varios. Ni siquiera el espiritualismo de baratillo de The Matrix viene al caso, aunque Neo sólo es Mesías en la medida que lo crea. Claro que sus pensamientos son tan mesiánicos y reveladores como "ya sé kunfú". "Y yo Chita", podría objetársele.

El cine del milagro, éste cine del milagro del que hablamos, está vinculado con el género del héroe, tal como es entendido éste desde las más ancestrales tradiciones indoeuropeas: el héroe es un adolescente en manos de un anciano maestro, que lo convence de que el viaje que debe emprender le está predestinado, porque él obrará el milagro de liberar a su pueblo.

Del éxodo, volverá habiendo completado la transición a la edad adulta, en una antropológica sublimación de la superación de la pubertad. Está presente, en mayor o menor medida, en Star Wars, El Señor de los Anillos, El Príncipe Valiente, Ivanhoe, Excalibur, El Tigre y el Dragón, El Príncipe de Egipto, La Princesa Mononoke… hasta Karate Kid. Todos sus protagonistas, a su manera, obraron prodigios. Pero no son esas las maravillas que nos interesan hoy.


Un cayado para hacer prodigios

La diferencia, al cabo, entre un héroe y un 'creyente' es que en éste último el portento se obra sin transformar el mundo. Existe en tanto se sostenga la fe. Y es así en el caso de los personajes de Shyamalan, o en el del mismísimo Dreyer (sin que con esta comparación se quiera ser más hereje de lo imprescindible).

El 'creyente' es un fanático dispuesto a creer que es real aquello que le hace la vida más fácil, y a encajarlo con coherencia en un entorno hostil y desabrido, aun cuando su sentido común advierta que eso que lo conmociona no ha de ser sino una fantasía. Su credulidad es deliberada porque es su terapia. El 'creyente', que comulga con una mentira porque le hace más fácil el camino, es pues cinéfilo.


pvallin@divertinajes.com
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