08 de octubre de 2002

La punición viste leotardos


Viste así y no siente arrebol

Medias azules, calzones rojos, mallas amarillas, cueros ajustados y antifaces. No es una cena en Gula, Gula, ni unas copas en el Molino Rojo de Barcelona. Es el cine de superhéroes, una de las más elaboradas sublimaciones del pensamiento políticamente incorrecto. Fascismo práctico, sustentado en una defensa de los valores democráticos, o lo que es lo mismo, el fin justifica los medios. El género, salido del cómic, ha cosechado gran éxito en las salas como mecanismo de enajenación mental transitoria, que es lo que, al cabo, hace del cine lo que es.

No es posible omitir, en este púlpito desde el que dispara el CineExín, la evidencia de que la variedad cinematográfica de los que se toman la justicia por su mano ha tropezado con serios obstáculos narrativos en el presente episodio melifluo de corrección política, en el que es motivo de persecución legal (y aun de ilegalización, por complicidad) el simple y otrora inalienable silencio. Quizá por eso padecemos ese exceso de ruido en el que todos creen su derecho, incluso su deber, participar de la ceremonia de la confusión: los medios proveen altavoces para todos, las cámaras y micrófonos pasean por las aceras, e incluso el Estado proporciona subvenciones al cortometrajismo, nueva fórmula de autocomplacencia cuya finalidad última y mal disimulada es el apareamiento. Después de este exabrupto, que ustedes sabrán disculpar o no, volvamos al asunto.

Barras, estrellas y capas


Un clásico, disponible en
vídeo y (tal vez) en DVD

Haciendo un somero repaso de la historia de un género tan alucinado, baste señalar, sucintamente, que los superhéroes fundacionales, hijos putativos de la filosofía de Nietzsche, los arcángeles celestiales y los detectives de género negro, eran individuos pueriles de moralidad digital (on/off) que luchaban contra El Mal, así a pelo y con mayúsculas. La II Guerra Mundial apuntaló el maniqueísmo como catón político, de modo que esos hombres y sus estrafalarios indumentos tenían garantizada su conexión con un público joven y ávido de evasión. Los superhéroes proliferaron como las setas, y hallaron en los seriales, cinematográficos, como el gallardo Superman (1941) de Max Fleischer, y más tarde, televisivos, sobremanera Batman (1966), de Howie Horwitz, hallaron, decía, el perfecto medio para amplificar su celebridad. Del inefable hombre murciélago encarnado por el tripón Adam West en la tele se conoció una enfebrecida versión largometraje de reconocidas propiedades terapéuticas.


Se comenta solo

Sin embargo, la verdadera puesta de largo del cine de superhéroes fue Superman (1978), de Richar Donner. La película recapituló sobre la génesis del héroe kryptoniano -para el que se dio con un auténtico alter ego, el malogrado actor Christopher Reeve- reinventando la historia, sacudiendo de ella toda la caspa del neofascismo de la Guerra Fría y otorgándole una épica digna del más aquilatado de los relatos de gesta. Dotada de toda la prosopopeya y el fasto de una gran superproducción, la película convenció al mundo entero de que el hombre podía volar, certidumbre que se convirtió en eslogan promocional de la cinta. Llegada a los cines apenas un año después de Star Wars, Superman confirmó los efectos especiales como piedra angular de una segunda juventud para Hollywood. Sus secuelas (hasta cuatro) padecieron la decisión de los productores de prescindir de Richar Donner. En todo caso, si en alguna ocasión un superhéroe ha estado cerca de encarnar la mitología mesiánica, esa ha sido la versión de 1978 del extraterrestre de la capa roja, cuyos paralelismos con el cine religioso de los años 50 (La túnica sagrada, Los diez mandamientos, Rey de reyes…) con el que comparte hasta la panóptica fotografía en cinemascope, lo alejan del cine de aventuras al uso y lo dotan de una nueva dignidad.

Rico y atormentado


Vuele usted así sin usar peyote, valiente
Durante la década de los ochenta ocurrió algo. Casi a la vez que agonizaba el tebeo europeo para adultos, el cómic norteamericano se lanzó a revisar sus mitos desde una perspectiva mucho más adulta, en la que no se rehuían las complejidades morales y psicológicas de individuos tan desequilibrados como para vestirse de cuero y antifaz y salir a desfacer entuertos. Los guionistas Frank Miller y Alan Moore tuvieron mucha culpa en la resurrección de un Batman más maduro y contradictorio que inspiró la perversa imaginación de Tim Burton. Y así, 11 años después de que Superman trazara una línea diáfana que separaba el bien del mal, un Michael Keaton ambiguo y atormentado la borraba de un plumazo al dilapidar la fortuna familiar para comprarse juguetitos con los que impresionar a la pava de turno en un inopinado ejercicio de purgación por la muerte de sus padres. Vamos, una enciclopedia de la teoría y práctica del psicoanálisis con orejas de punta y capa de cuero negro. Bueno, y un coche de caer de espaldas. Batman (1989) y Batman Vuelve (1992) establecían un nuevo canon de héroe, mucho menos amable, inspirado por la venganza y no por la justicia, y, en cierta medida incorporaron una dimensión sadomasoquista a la peripecia heroica: en el camino de la redención no es importante impartir justicia, sino recibir castigo.


Hay miradas que matan

Batman y Catwoman navegan pues las mismas aguas, por más que la complacencia de un desenlace indispensable en una cinta dirigida a un público heterogéneo obligase a fingir una presunta frontera entre ambos. Sus causas viven de dentro hacia afuera, nacen de sus desdichas y de cierta incapacidad para tolerar su pasado, y no, como ocurría con Superman, de fuera hacia adentro, es decir, de la necesidad de imponer el orden en una sociedad con acusadas tendencias autodestructivas. Es curioso como, en ese Batman maduro, cuya mayor altura se logra en la serie de animación de Bruce W. Timm, la punición del delincuente, y no la protección del débil, es el alma de la intervención del cruzado. El castigo, que era un medio, se convierte en un fin en sí mismo, hasta el punto de llevar al encapuchado a compartir celda en el asilo Arkham con desequilibrados como Joker, Dos Caras o El Espantapájaros. Los nuevos héroes son más el problema que la solución, como bien sabe el Joker, que fue arrojado al ácido por el mismo Batman.


Otras resucitan

Si los héroes habían sido alguna vez ángeles custodios, ahora eran los condenados, seres que se movían en un espacio desvanecido y lóbrego para purgar sus pecados y los ajenos, protegidos de una oscuridad tan física como moral. Era la postmodernidad misma llevada al ámbito espiritual. El intrigante Spawn, tal como aparece en el largometraje de animación, no en la patética versión de acción real, no era más que una prolongación natural de aquello en lo que el talento de Burton, Miller, Moore, Timm, Michael Reaves y otros tantos había convertido a Batman, en aquella convulsión de la narrativa homérica que duró una década.


Antes del lifting...

De las posteriores películas del Señor de la Noche de Gotham, fiduciarias de la mejor tradición videoclipera de BoneyM (y de parecida factura técnica), diremos lo mismo que de las secuelas de Superman: nada.

Una nueva ingenuidad

La actualización de Batman, que no eludía su condición de vampiro noctámbulo (al género de los chupasangre dedicará este CinExín su episodio correspondiente), marcó el sendero al que se irían uniendo otros campeones de la justicia (el citado Spawn es el más descarado ejemplo del solapamiento del bien y el mal), incluso los glamourosos héroes de la factoria Marvel tan coloridos y ridículos en su versión sobre papel. Así, X-Men (2000), de Bryan Singer, director de Sospechosos Habituales, cogió a cinco señores que en sí mismos parecían un estuche de rotuladores Carioca, los vistió de un discreto negro, afrontó el asunto con un evanescente mensaje contra la segregación y realizó un film notable por su ausencia de pretensiones y su imprevista credibilidad. Marvel había encontrado un camino que enriquecía sus personajes originales sin llegar a la tragedia freudiana de murciélagos gatos y engendros.


...y después
Algo similar ha ocurrido con el muy esperado Spiderman de Sam Raimi. Como la película de Synger, la de Raimi consigue preñar de verosimilitud la muy improbable historia del hombre picado por una araña modificada genéticamente (antaño radioactiva, como se ve, el pánico a la biogenética ha sustituido al terror a la hecatombe nuclear). El mundo de los enmascarados, con la irrupción del universo Marvel -y de otros de delicioso sabor a clásico, como El Zorro (1999) de Martin Campbell- se simplificaba, sin perder veracidad, y abonaba el camino a un nuevo maniqueismo más pueril y, por tanto, más incontrolable. El malo de Spiderman, sin duda su mayor lastre, es poco más que un Power Ranger reciclado, con una excusa demasiado apresurada para hacer el mal.


Al fondo, las Torres Gemelas
Que este título postrero del cine de paladines se publicitara con un trailer en el que una telaraña unía las condenadas Torres Gemelas parece una fatal profecía. Hoy, cuando la realidad le ha arrebatado la substancia a la ficción y el universo moral de supervillanos y superhéroes ha tomado los despachos de la Casa Blanca o el Consejo General de las Naciones Unidas, nos inquieta saber a dónde se dirigirá el nuevo cine de encapuchados. La monolítica fe en el campeón del Despacho Oval se ha ido resquebrajando a lo largo de este año, al tiempo que prenden las dudas sobre si Sadam Husein y Osama Bin Laden tienen superpoderes y superarmas de destrucción masiva. Con X-Men 2 a punto de llegar a las pantallas y Spiderman 2 en preproducción, cabe preguntarse si, por pintar un mundo próximo pero fantástico, nos enseñarán las sutilezas del pacto y el consenso. ¿Acaso veremos al hombre-araña buscando una salida negociada a un secuestro, ahora que nuestros políticos profesan la fe de los puños?


pvallin@divertinajes.com
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