01 de octubre de 2002

Elogio de la conjura


¿Bailas al son que nos tocan?

¿Han probado a ir al cine con un paranoico? Enriquecedor. Lo importante es tomar en consideración sus conclusiones sin creérselo todo. Un dilecto ecónomo comunista (la compañera Maruja Limón apuntaría aquí que "ecónomo comunista" es una contradicción de términos como "pensamiento navarro" o "inteligencia militar") solía ver todas las películas bajo el prisma de la propaganda anticomunista, y sus reflexiones provocaban tanta fascinación como desasosiego. Les cuento.

Es difícil no rendirse a los encantos de la paranoia. Las teorías de la conspiración suelen proporcionar explicaciones, minuciosas hasta lo enfermizo, sobre hechos aparentemente fortuitos. Los paranoicos logran casar los elementos de la trama con tal alarde de detalle que parece irresponsable desdeñar la evidencia de que una mano invisible maneja los sucesos. El principio de la navaja de Ockham, también llamado Ley de la Parsimonia, defiende, parapetado en el sentido común, que la explicación más simple tiende a ser la real. Ambas establecen las coordenadas en las que se mueven las interpretaciones más comunes de la realidad. Pero el mundo es tridimensional, y la Matemática del Caos, en aplicación de la segunda Ley de la Termodinámica, proporciona un tercer eje de análisis, que postula que el universo es un sistema de tal complejidad que es imposible prever la sucesión de acontecimientos posteriores a un hecho dado.


¿Roma no paga traidores?

Resumiendo, la Teoría de la Conspiración establecería que el 11-S fue fruto de una conjura tramada durante años por un montón de árabes malísimos y listísimos cuyo plan era tan preciso que no podía fallar. La Navaja de Ockham descartaría tanta capacidad y pondría el acento en una conjunción de voluntades, coincidencias e incompetencias de todo tipo que darían como resultado el fenomenal apocalipsis neoyorquino. Finalmente, la Matemática del Caos explicaría que una mariposa puede batir las alas en China y provocar un huracán en el Caribe, lo mismo que un abrecartas en manos de un terrorista islámico puede derribar las Torres Gemelas. De las tres, la segunda es la que más se ajusta al modo en que realmente ocurren las cosas, mientras que la primera y la tercera son las más atractivas. Sobre todo, la primera, porque es la única que es teleológica, es decir, que proporciona una voluntad, una dirección de los acontecimientos, la única que explica el drama con suficiente profusión de detalle para que el mundo no pierda su sentido. Por eso, al cabo, nos gustan tanto las paranoias. Por eso queremos creer a Fox Mulder y por eso yo escuchaba fascinado a Celso Miranda, el amigo comunista.


Doctrina sionista a todo trapo

Él sostenía que HormigaZ era una película de propaganda contraria al colectivismo tan descarada como peligrosa (por tratarse de una película infantil). Yo, presumiéndome anclado en la sensatez, me defendía arguyendo que todos los productos norteamericanos defienden de forma inadvertida el individualismo, principio último de la cultura protestante que mueve aquel vasto país. Pero Celso se revolvía y enfatizaba que el asunto iba más lejos y que había referencias anticastristas inequívocas. ¿Cómo? "¿Recuerdas que todas las hormigas bailan a la vez en el bar, excepto el incomprendido protagonista, que no sabe bailar?" Sí, me acuerdo. "¿Y te acuerdas de cuál era la canción?". Pues no. "Guantamera". Carajo, repuse. "Eso mismo", añadió él. Una disección menos sutil hacía Celso de la embriagadora La Vida es Bella, de Roberto Begnini, cuyo título bien podría ser interpretado como un sarcasmo si no fuera por que en el desenlace, el niño, en su recién estrenada condición de orfandad, se muestra feliz a lomos de un tanque del salvador ejército norteamericano. Atribuir una intención ideológica deliberada a cualquiera de estos filmes es tan razonable y sugerente como aparentemente descabellado, y por eso siempre he prestado oídos a quiénes ven una conjura detrás de cada película.


Una mirada como para
bajar la guardia

Sin embargo, el devenir cinematográfico de los últimos años ha revelado que el peligro ya no está en la doctrina que nos inoculan mediante subterfugios más o menos elaborados, como temía ingenuamente Celso, sino en una preocupante ausencia de ella. Semeja el sobrecogedor silencio de un bosque en el que algo terrible acecha. El crítico Jordi Costa lo señalaba con esperanzadora lucidez en un artículo de La Vanguardia, en el que hablaba de esa ñoñería intelectual y pomposa titulada El fabuloso destino de Amélie Poulain, y más conocida por el parco Amélie. Costa señalaba que la película de Jean Paul Jeunet forma parte de un nuevo "arte feliz" en el que no hay conflictos sociales, no hay política, un nihilismo cinematográfico hermano del cacareado fin de las ideologías en el que todos se colocan en el centro mismo, por miedo a escurrirse por un borde. El crítico vinculaba este título a la efervescencia de Jean Marie Le Pen, en un ejercicio de apostasía encomiable.


Cine alto y claro

Es reseñable que, de los títulos nombrados hasta aquí, sólo uno procede de la industria norteamericana, es decir, que este torticero ensalzamiento de la ingenuidad habita en el cine europeo, donde ha echado raíces y goza de una confortable posición en el mercado. El CinExín, que, como se señaló en la semana del estreno, tiene una indisimulada finalidad doctrinaria, no podía comulgar con este elogio de la vacuidad de los Jeunet y Begnini que recorren nuestras carteleras, y por eso lo procedente esta semana es arrimar el ascua a nuestra sardina naval y celebrar la llegada a nuestras pantallas de Los lunes al sol, por su intención tanto como por sus resultados. Es cine que toma partido desde la verdad de un texto documentado, poco dado a complacencias y paños calientes, que no teme ser señalado por su militancia y que trata de eludir, a veces sin éxito, los lugares comunes de la demagogia. El verbo de Fernando León es fluido sobre el papel y vuela en boca de su excelso reparto para sacudir las conciencias, para azotar sobre nuestra mesa esos mundos que han sido convertidos en invisibles por la dictadura de la mirada tierna de una niña francesa que hace manualidades con el papel maché.


Variedad verde de
segregacionismo

Para colmo, la industria seduce también a los espectadores menos solícitos, que buscan el descaro y la subversión, con productos que se vanaglorian de su irreverencia para esconder una loa a los valores más conservadores. Es el caso de éxitos notables, tan celebrados por díscolos en su forma como impúdicamente perpetuadores del statu quo en su fondo, tales como American Beuty o Shrek, por mentar dos bien diferentes en género y público. La lista de películas que se adornan de la incorrección política, o de galones de independencia para luego calcar los esquemas de las producciones más benévolas es interminable.


Clasicismo porcino

La industria provee, empero, tan profusa producción, que, al lado de imprescindibles materiales de lucha como las películas de Fernando León, Bertrand Tavernier, Nanni Moretti, John Sayles o Ken Loach, chispean títulos de inocuidad aparente o fingida, que ocultan lecturas desabridas, constructivas, o simplemente sugerentes juegos de ambigüedad, imágenes intensas, pronunciamientos rompedores de puro insensatos y, en general, incentivos para la inteligencia. Starship Trooppers fue entendida como una sátira sobre el nazismo, a pesar de que su director se cansó de repetir que era una parábola sobre los Estados Unidos; Monstruos S. A., película que era toda ella un osito de peluche, escondía una metáfora desbordante sobre Internet; El ataque de los clones, con una espeluznante oportunidad histórica, previene de los riesgos del militarismo que se cobija en la coartada de la agresión exterior; Pesadilla antes de Navidad, el delirante musical de la factoría de Tim Burton (¡pagado por Disney!), sataniza la ambición y reivindica la monstruosidad; Toy Story aporta un pavoroso relato de la busqueda de personalidad del juguete Buzz Lightyear, que se debate entre la identidad manufacturada y la individual; y, en general, cualquiera de los títulos del veterano director japonés de dibujos animados Hayao Miyazaki supone un ejercicio de libertad creativa que convierte la belleza en subversión.

El ejercicio de hurgar en los entresijos del cine inofensivo a menudo obtiene el premio de descubrir, extraviada en algún fotograma, la tranquilizadora certeza de la existencia de vida inteligente. Sólo hay que estar atento. Porque la paranoia es incompatible con la felicidad, pero nos mantiene alerta.


pvallin@divertinajes.com
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