24 de septiembre de 2002

El Otro


Cartel apaisado

Arrancamos con doctrina, motivo y coartada de este púlpito: La mejor idea publicitaria parida en España fue entender que el fin del monopolio de Telefónica pasaba por sacar a López Vázquez de la cabina en la que llevaba más de un cuarto de siglo confinado. Unos grandes almacenes que visten triángulos verdes propusieron a Alejandro Amenábar que Grace abriera la casa y entrasen la luz y el otoño. Aquel anuncio es éste y cuesta pensar que por azar coincida con el lanzamiento en DVD de la película Los Otros, jugoso pretexto, al cabo, para pontificar en el advenimiento del cine sin fin.

Los otros (casi todos los directores españoles con vocación de trascendencia) querían ir a Hollywood pero Amenábar no. El joven cineasta nacido en Santiago de Chile cruzó el Atlántico hacia acá con menos de un año y, cuando, veinteañero ya, escuchó la melodiosa voz de las sirenas transoceánicas, optó por no adentrarse en el mar. Se trajo Hollywood aquí. Tiene sentido. El realizador más preocupado por el poder, Francis Ford Coppola, justificó su perversa afición por el cine en tanto último refugio legal para un dictador. Lo decía en Corazones en Tinieblas, tal vez el mejor documental filmado sobre un rodaje, acaso más revelador que la propia Apocalipse Now que, cuesta pensar que por azar, se reestrena estos días.


Trinidad

La tiranía de las grandes corporaciones cinematográficas, el avasallamiento del mercado y del mínimo común múltiplo del cociente intelectual del espectador han socavado el concepto, tan francés que sólo podía ser francés, del auteur. La cuestión es política; integrar al disidente es mucho mejor que luchar contra él: la industria del cine aprehende los talentos de los autores cuya juventud y vanidad los transforman en dóciles corderitos convencidos de haber hecho tambalear los cimientos de unas majors que se les rinden, cuando, obviamente, es justo al revés. El resultado es que hoy los 'autores' son veteranos francotiradores, como Eric Rohmer, Michelangelo Antonioni, Bertrand Tavernier, Ken Loach o, a su manera, George Lucas. Los jovencitos, con mayor o menor juicio, son, a su lado, inofensivos, véase el caso de los Kevin Smith, Sam Mendes, Quentin Tarantino, los hermanos Watchowski, Edward Burns y tantos otros niños prodigio, todos ellos talentosos pero mayormente inocuos.

En ese estado de cosas, se cotiza la singularidad del director-dictador, aquel que consigue mantener un control sobre el complejo proceso de producción de una película, de forma que ésta hable con una sola voz, equivocada o no, y no con un compromiso de voluntades negociadas. Amenábar le entregó su prescindible Abre los ojos a Tom Cruise y a cambio se trajo todo el glamour y el dinero de las producciones made in usa a Santander y Madrid, donde rodó exteriores e interiores (respectivamente) de esa joya del cine clásico de terror llamada Los Otros. El mayúsculo resultado es producto del talento del director y del control, férreo pero no dogmático, sobre el conjunto del hecho cinematográfico, desde la misma concepción del guión hasta los últimos retoques de montaje. Muchas fueron las indicaciones y cambios que le fueron propuestos a Amenábar a lo largo del proceso de creación de Los Otros, incluidas las encuestas de las proyecciones previas y las sugerencias del productor, mister Cruise (alguna muy sensata).


Fionnula Flanagan y
Alejandro Amenábar

Consideró unas y dejó de lado otras. Redujo el metraje y aligeró el ritmo. Sin embargo, en el proceso de exfoliación no sólo no perdió peso el relato, sino que la reducción de diálogos, el ahorro de explicaciones, flash-backs y demás alegatos muy caros al cine americano (véase el final de El Sexto Sentido) produjo una película más lírica, más abstracta, de mayor recorrido. Amenábar construyó un clásico que no suena a ya visto, porque no es cine revivido, sino renacido. No hay impostura ni cartón piedra, sino devoción por una forma clásica de contar. La rehabilitación del miedo a lo oculto es, en manos de Amenábar, un producto nuevo que vive por sí mismo, y no con el hálito prestado de los talentos de Peter Medack (Al final de la Escalera), Jack Clayton (Suspense) o Alfred Hitchcock (Psicosis). Bien distinto a la falta de ánima de You're the One, subtitulada, a mayor abundamiento, "una historia de entonces" de José Luis Garci que, en su esfuerzo por rememorar formas de narrar pretéritas, se olvida de dotarlas de vida.

Si no han visto Los Otros es preferible que abandonen aquí la lectura; el CinExín va a abordar el desenlace. Entre la película de Garci y la de Amenábar se parapeta el abismo que separa lo muerto de lo vivo, claro que la ausencia de pulso no habita en la que habla de almas desencarnadas, sino en la que dice contarnos aquello que no es más próximo.


Belleza y quinqué

El verdadero enfant terrible del cine español (desplazando del trono a otros que ostentaron tal báculo con menores méritos y escaso recorrido) ha dado una lección de cine de género monolítico y vigoroso, creado y no recreado, y que sobrevive aun a las malintencionadas compariciones con El Sexto Sentido. La notable película de Manoj Nelliyattu Shyamalan flaquea por sus demasiadas explicaciones y, sobre todo, elige la redención y el "descanse en paz" como homólogo del final feliz. La superioridad del terror de Los Otros se apoya en el desasosiego final de unos seres confinados, sin razón ni juicio, para purgar sus penas eternamente, habitando una casa que es su prisión. Comprender su condición es fútil consuelo para la atormentada Grace que ha condenado con ella a los inocentes. Sólo el niño robot de I.A., sumergido por los siglos de los siglos frente a un hada azul de plástico, encarnaba una imagen tan aterradora como la escena final de Los Otros; demasiado insoportable, en todo caso, para Spielberg, que no pudo acabar ahí su relato y se inventó un indulto bochornoso y risible con el que destrozar la película. Que unos grandes almacenes hayan sacado a Grace de su encierro es una absolución temporal que apenas atenúa aquel pavoroso dolor.

Los otros, hasta los díscolos como Alex de la Iglesia o Guillermo del Toro, quisieron ir a Hollywood, pero Amenábar sólo le pidió a la gran industria sus herramientas para recordarle cómo se hacían las cosas cuando los estudios no creían que su público fuera tan estúpido como sus ejecutivos; cuando el cine no era tutor moral de la sociedad sino su más crítica conciencia.


pvallin@divertinajes.com
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